El cazador de almas perdidas – Creepypasta 320.
El Peso del Vaticano.
El sol aún no calentaba del todo las calles cuando Drex y Fabián se encontraron en el patio
de la Purga. Ambos sabían que había llegado el momento de hablar con Andrés, de
entender qué había pasado en el Vaticano. Fabián había llamado a Drex horas antes,
preocupado por el comportamiento de Andrés desde su regreso. Sabía que algo no estaba
bien, y ahora era imposible ignorarlo.
Andrés apareció en el patio acompañado de Violeta. Su cercanía resultaba evidente y
alarmante a la vez, considerando que apenas 48 horas antes, Andrés había respetado sus
votos de castidad, algo que no había roto en más de 15 años. Sin embargo, los últimos días
habían cambiado todo.
Fabián fue el primero en hablar.
—Andrés, necesitamos hablar a solas. —el tono de su voz no dejaba espacio para
discusiones.
Violeta frunció el ceño, claramente incómoda con la solicitud, pero terminó apartándose,
aunque no sin una mirada cargada de desconfianza hacia Drex y Fabián. El ambiente era
tenso, y Andrés sabía que no podría evadir la situación por más tiempo.
Tras un largo silencio, Andrés respiró profundamente y empezó a hablar, sus palabras
pesando como plomo.
—Sé lo que piensan, y no están equivocados. —dijo en voz baja, su mirada perdida en el
suelo—. Les debo una explicación.
Drex y Fabián se quedaron quietos, esperando que Andrés continuara.
—Laura me llamó esa noche. Me pidió que nos viéramos, que necesitábamos aclarar
algunas cosas antes de que regresara. —Andrés hizo una pausa, su mandíbula tensa—.
Lo que no sabían es que Laura tiene una relación con tres vampiras… pero, aun así,
parecía querer algo más conmigo.
El silencio fue casi palpable. Fabián y Drex intercambiaron miradas, sorprendidos por la
confesión, pero sin interrumpir. Sabían que lo que venía después sería aún más
complicado.
—Nos vimos para hablar, pero en medio de nuestra conversación, los cazadores que
habían molestado a Laura en el evento de Valeria reaparecieron. Esta vez no había
cámaras, ni público, solo nosotros. Se lanzaron sobre ella, y yo… yo perdí el control.
—dijo Andrés, apretando los puños, como si intentara contener la ira que aún hervía dentro
de él—. Me llamaron la niñera de una vampira, me dijeron que había traicionado a
todo lo que era, y algo en mí… algo oscuro se despertó.
Drex notó cómo los hombros de Andrés se tensaban al recordar lo que sucedió después.
—Maté a dos de ellos. Los otros dos cayeron de rodillas, rogando por sus vidas… y
les perdoné. Pero Laura… —su voz se quebró—. Laura no lo soportó.
Fabián frunció el ceño, anticipando el desenlace.
—¿Qué hizo Laura?
Andrés bajó la mirada, claramente avergonzado de lo que estaba a punto de confesar.
—Me gritó, me dijo que cómo podía haber matado a más de 300 vampiros, cómo pude
quemar una vereda en Colombia y ver arder a cada uno de los vampiros mientras
sonreía, pero ahora perdonaba a esos cazadores solo porque eran humanos. —la voz
de Andrés era casi un susurro ahora—. Dijo que todos, los humanos y los vampiros de
sangre, nos creemos mejores que los vampiros convertidos.
Fabián apretó los labios, conteniendo su frustración, pero fue Drex quien habló primero.
—¿Y luego qué pasó?
Andrés cerró los ojos, reviviendo el momento.
—Laura fingió que me entendía, que estaba calmada. Me besó… pero era una trampa.
Usó ese beso para quitarme una de mis pistolas. —el dolor era evidente en la voz de
Andrés—. Antes de que pudiera detenerla, les disparó a los dos cazadores que había
perdonado. Los mató.
El silencio que siguió era casi ensordecedor. Drex y Fabián se miraron, atónitos por lo que
acababan de escuchar.
—Me dijo que ahora ella también era un monstruo. Que si yo quería tanto matar
vampiros, que la matara a ella también. —Andrés sacudió la cabeza, incapaz de
continuar.
Fabián rompió el silencio con voz baja, casi susurrante.
—Andrés, no puedes seguir cargando con esto solo.
—Lo sé, —dijo Andrés, su voz rota—. Pero eso no fue lo peor. Laura me confesó que
había querido odiarme desde el día que nos conocimos. Por todo lo que soy, por lo
que hice. Pero no puede. Me dijo que siente algo por mí, algo que no debería, y eso la
está destruyendo.
El silencio se apoderó del patio una vez más. Drex y Fabián sabían que no solo
enfrentaban el dilema moral de los actos de Andrés, sino también la compleja relación
emocional que había surgido entre él y Laura. Esto cambiaría todo.
Finalmente, Drex habló, su voz baja pero firme.
—Tendremos que lidiar con esto cuando lleguemos a Guayaquil. Por ahora, necesitas
mantenerte fuerte. No estás solo en esto.
Andrés asintió, sabiendo que lo que pasó en el Vaticano no se quedaría allí. Sabía que
enfrentaría más preguntas, más consecuencias. Pero al menos, ahora tenía a Drex y
Fabián para ayudarle a cargar con ese peso.
El ambiente en el patio de la Purga estaba cargado de una tensión casi sofocante. Andrés y
Fabián permanecían en silencio, inmersos en sus propios pensamientos. Lo que habían
discutido sobre Laura todavía flotaba en el aire, pero Fabián no podía sacudirse una duda
persistente: la relación entre Andrés y Violeta. Tras todo lo que habían enfrentado juntos,
especialmente con Asha, ese cambio en Andrés le resultaba incomprensible.
—No me cuadra —rompió finalmente el silencio Fabián, con la mirada fija en Andrés—. Lo
que pasó en el Vaticano fue… brutal. Y ahora, estás tan cerca de Violeta. ¿Qué cambió?
Andrés suspiró, sabiendo que la respuesta no era simple. Tras un largo segundo, decidió
ser honesto.
—Lo que pasó con Laura me destruyó, Fabián. Me sentí vacío, perdido. Y lo del Vaticano…
—su voz se quebró ligeramente—. ¿Por qué los perdoné? A esos dos cazadores, les di lo
que jamás ofrecí a vampiros que me suplicaron lo mismo. No lo entiendo aún. Es como si
estuviera traicionando todo lo que fui. —Su mirada se perdió en el suelo, oscura, llena de
remordimiento.
Fabián, que lo escuchaba con atención, dejó que continuara sin interrupciones.
—La orgía de Anuel… fue una forma de romper con lo último que me quedaba de mi antigua
vida. —Andrés apretó los puños, como si reviviera esa decisión—. Ya lo había perdido todo:
mis votos, mis creencias. Sentía que no quedaba nada de esa persona que fui. Entonces…
llegó Violeta.
Fabián frunció el ceño, desconcertado por las palabras de su amigo.
—Violeta no recuerda lo que vivimos antes de que Asha le limpiara la mente —continuó
Andrés, apretando los dientes—. Pero esta nueva Violeta, aún sin esos recuerdos, siente
que le hice algo terrible. Y no se equivoca. Para ella, yo sigo atado a Laura, y eso la
destruye. No entiende por qué no la veo a ella… por qué sigo anclado a un fantasma del
pasado.
—Pero lo que hicimos con Asha cambió todo, Andrés —insistió Fabián, recordando el día
en que llevaron a Violeta ante Asha, cuando ella perdió sus recuerdos para siempre.
—Lo sé. —Andrés inclinó la cabeza, en un gesto de rendición—. Pero, aunque ya no
recuerde, Violeta… esta Violeta… siente el dolor. Y ahora, se ha enamorado de lo que soy,
de lo que quedó de mí. No sé si es suficiente, pero quiero intentarlo. En la orgía me di
cuenta: quiero dejar atrás el peso de mi vieja vida… empezar de nuevo, con ella.
El silencio se apoderó del lugar. Fabián lo observaba, tratando de desentrañar la maraña
emocional que Andrés había tejido en torno a sí mismo y a Violeta. Finalmente, habló con
una calma calculada:
—Entiendo lo que me dices, pero sabes que esto no es una solución. Violeta puede amarte,
Andrés, pero sigue siendo parte de esta Purga. Y lo que pasó con Laura… no va a
desaparecer solo porque ahora estás con Violeta.
Andrés asintió lentamente, como si las palabras de Fabián pesaran sobre sus hombros.
Sabía que no había respuestas fáciles. Cinco días habían pasado desde su última
conversación con Laura, y aunque ese espacio le permitió acercarse a Violeta, las sombras
de su pasado seguían acechando.
—Sé que no es sencillo —admitió Andrés con voz suave—. Pero si tengo una oportunidad
de reparar el daño, aunque sea en parte, debo tomarla. No puedo seguir cargando con lo
que fui.
Fabián guardó silencio unos segundos, evaluando las palabras de su amigo. Había algo
nuevo en Andrés, una mezcla de dolor y determinación que no había visto antes.
—Está bien —respondió al fin—. Pero eso no cambia que tendrás que enfrentarte a Julián.
El nombre resonó en la mente de Andrés, haciéndolo tensarse. El padre de Laura, Julián,
representaba una conversación que él había postergado, pero que sabía que
eventualmente debía afrontar.
—Lo sé —dijo Andrés con firmeza, aunque el miedo le revolvía el estómago.
Gracias por acompañarnos en este viaje al terror. ¡Nos vemos en el próximo episodio!”
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